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La Virgen de la Soledad

Nuestra Señora de la Soledad

Pequeña reseña histórica de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad

Una constante clarísima en la historia local es la devoción y culto a Nuestra Madre, la Virgen María.

Su triple población medieval, en el siglo XIV, dedica sus tres ermitas o templos, Valtierra, Vilches y el Castillo-Hospital, en honor de Santa María:

- La Virgen de Valtierra o de la Humanidad.
- La Virgen de Vilches o de la Consolación
- Y la Virgen del Castillo o de los freyres de San Juan.

Verdadera trinidad de títulos de una misma y sola Madre de Dios. Cierto es que desde el siglo XVII y estando ya completamente arruinados los templos de Valtierra y Vilches, los fieles cambiaron sus preferencias advocacionales por la Virgen de la Veracruz o de la Soledad que indiscutiblemente será la Patrona popular, sobre todo tras la guerra de la independencia de 1808. Las imágenes de Valtierra, Vilches y el Castillo se conservaron hasta el año 1936. La devoción argandeña por la Santísima Virgen de la Soledad se remonta a más de cuatro siglos, los argandeños más antiguos, (desde 1591 a 1808), veneraron a la primera imagen de la Soledad y desde 1810 hasta nuestros días, se venera a la segunda y actual imagen de la Soledad.

La primera imagen de Ntra. Sra. de la Soledad

Donde hoy se levanta la ermita de la Soledad, existía previamente la ermita de la Veracruz donde se veneraba un Santo Crucifijo del Camino, conocido gracias a las indulgencias concedidas por el Papa Inocencio XI en 1688 a quienes rezasen ante su imagen. Pero Veracruz cede el nombre a Soledad y la hermandad disciplinante allí erigida se funde con la de los devotos de la nueva imagen dolorosa de María. Imagen no de bulto, sino de vestir o de candelero, para así poder ser revestida y ostentar diversos hábitos y mantos.

Cuando Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, llegó a España en 1560, siendo aún una adolescente, trajo consigo un cuadro grande para su Capilla, representando a la Virgen sola, tras la sepultura del Señor.

Cuando mas suelta estaba en la lengua castellana y conforme al deseo del Rey, su marido, cambió el confesor francés que había traído, por confesor español, lo escogió en la orden religiosa de los mínimos de San Francisco de Paula y su Camarera Mayor, la muy piadosa Condesa de Ureña, recomendó para tal fin a un fraile, muy piadoso también, Fray Diego de Valbuena, toledano, al que por orden del Rey se le permitió libre entrada en Palacio.

El Padre Valbuena, por su sincera humildad y timidez en pedir influencias, acabó ganándose la admiración de los Reyes, que haciendo una excepción a decretos facilitaron un solar cerca de la Puerta del sol, extramuros entonces de Madrid, donde se levantó el Convento de la Victoria de los mínimos.

Los mínimos eran devotos de los Dolores de María y Fray Simón Ruiz, que acompañaba a Palacio a Fray Valbuena y era experto en pinceles, ya tenía puestos los ojos en el cuadro francés de Dª Isabel, comprometiendo al confesor a que se lo pidiera para el altar mayor de la nueva iglesia.

Enterada la Condesa de Ureña, desaconsejó la petición pues “tienelo S.M. por prenda muy querida desde su niñez en Paris”.

Llegó este deseo a oídos de la Reina y ofreció al pintor Fray Simón el cuadro en préstamo, para que hiciera la más exacta copia. Pero viendo el lienzo convinieron en que se hiciera una copia, pero no de pincel, sino de bulto. Intervino aquí D. Fadrique de Portugal, Caballerizo Mayor de S.M., sugiriendo al escultor Gaspar Becerra.

Aceptó éste el real encargo y puso manos a la obra. Talló una cabeza, pero no gustó a la Reina, talló una segunda, que al igual que la primera, aunque estaba muy bien tallada no guardaba el parecido con la Soledad del lienzo, y la Reina sentenció: “Si a la próxima vez no lo lográis, me obligaréis, contra mi voluntad, a llamar a otro escultor y pintor”.

Volvió Becerra al taller, se puso en oración. Hacía mucho frío y crepitaban los leños en la chimenea, cuando en la madrugada decidió acostarse. En sueños una voz, que mas tarde no sabría decir si de hombre o de mujer, le susurra varias veces “Gaspar, despierta, levántate, ve a la lumbre; arde allí un grueso tronco de roble; mátale el fuego, sácalo y lábrale, que ahora sacarás la imagen que deseas”.

Lo hizo el artista y esta vez la Reina quedó admirada. Gaspar Becerra mismo pintó la talla.

Diego Valbuena preguntaba “¿Cómo la vestiremos?” La Condesa de Ureña replicó “misterio es éste que dice de soledad y viudez... pues, sea negro su hábito, Padre Valbuena, como mis propias sayas y tocas de solitaria viuda...” y le regaló a la imagen rico manto negro. Y en el Convento de la Victoria se conservó la imagen hasta la desamortización de Mendizábal en 1835.

¿Y las otras imágenes desechadas por la Reina? Una, la segunda tallada, fue para D. Fadrique de Portugal, el cortesano protector de los mínimos. Y la primera, “que era de hermosa faz, aunque no semejante a la de pinceles” la tomó el Padre Valbuena para su hermano prebendado en la Primada Catedral de Toledo” y que parece que había cedido los terrenos o había ayudado a los mínimos en la fundación del Convento madrileño. Este prebendado de Toledo era el Doctor sacerdote Francisco de Valbuena, muerto en Arganda y enterrado en su parroquia en 1591.

En el testamento de Valbuena y entre el inventario de sus bienes está “la muy devota imagen de Nuestra Señora sin su divino Hijo” que los cofrades de la Veracruz se aprestaron a llevar a la ermita, con el consenso del Cura Párroco y albacea, Jiménez de la Cámara.

Unos años después de cumplidos los dos siglos, la imagen, que nacía para una reina francesa, a manos de francesa plebe ardería, en fiero contraste con el leño librado del fuego por el artista para hacer de su madera la imagen hermana.

La actual imagen de Ntra. Sra. de la Soledad

El 6 de diciembre de 1808, las tropas napoleónicas quemaron en infame sacrilegio la Imagen de la que ya era la patrona de Arganda, la Santísima Virgen de la Soledad, aquella que Gaspar Becerra talló, casi dos siglos y medio antes, copiándola de un cuadro que hasta España había traído una adolescente Isabel de Valois cuando casó con el Rey Felipe II.

A finales de 1809, cuando se cumplía el triste aniversario de la profanación y se recrudecía la guerra, el sacerdote D. Marcelino Sanz Riaza, quiso gastar de su pecunio lo necesario para “la más bella imagen de la Soledad que el mejor artista hacer entonces pudiera”, por tal motivo buscaba por nuestros campos a un pastor para hacerle otro encargo distinto al de cuidar rebaño.

Raro era el pastor aquel, su porte distinguido mal se ocultaba por zamarra y zurrón, particularmente finas eran sus manos, pasaba de los cuarenta y hablaba con marcado acento valenciano. Se podría sospechar que bajo su atuendo había un personaje al que la guerra hubiera obligado a vagar por los campos, y así era por no servir al Rey intruso. Este era el escultor D. José Ginés y con él concertó D. Marcelino Sanz Riaza, representando a la devoción argandeña, una imagen de la Virgen, la actual de Ntra. Sra. De la Soledad.

El Hermano Mayor de la Cofradía, Manuel Riaza, y sus Mayordomos y Directivos describieron al artista como querían la talla de rostro y manos, pues como la anterior, esta debería ser también de las de “candelero” o de vestir.

Querían que se conjugaran en la imagen dos expresiones: la de sentimiento resignado, porque es dolor de Madre santa y como tal dolorosa y sola se la vestía en Semana Santa. Pero habría de tener también la expresión de majestad, que como Reina en sus dolores, ya gloriosos y redentores, se la festejaba, en septiembre, en la fiesta de su Dulce Nombre, vestida de gala. ¡Benditos cofrades en su “explique”! ¡Bendito artista en su ejecución! Ginés aceptó el encargo.

José Ginés nació en Polop, Alicante en 1768, estudió en la Academia de Bellas artes de San Carlos de Valencia y más tarde, mediante una beca, pasa a Madrid. En 1794 es nombrado escultor de cámara en la corte de Carlos IV, en 1817 llegó a ser Director de la Academia de Bellas Artes y en 1823 falleció repentinamente en Madrid.

Tres mil reales fueron los honorarios que el artista aceptó de D. Marcelino Sanz Riaza y el 24 de junio de 1810 antes de celebrar la misa del Titular y Patrono, San Juan Bautista el XV Cura Párroco D. José Hernández, bendijo la nueva imagen de la Virgen de la Soledad y la presentó y la expuso a la veneración de todo el pueblo. La misma imagen de la que el poeta andaluz afincado en el Arganda de finales del siglo XIX, José Jackson Veyán, exclamara: “que no hay Virgen más hermosa en los altares del mundo”.

La misma imagen de la que Castellano Cárles exclamó: “¡el arte no pudo hacer más! Parece que remontando hasta los cielos contempló a la Reina de los mártires, para representar a la que en los cielos reside”

La misma imagen de la que el Señor De la Torre Aguilar reseña, hablando del primer Centenario de la imagen, celebrado en 1910, que mediante una suscripción popular se labró, una corona de filigrana de plata, con baño de oro, para la Patrona argandeña, que se ejecutó en los “Talleres de Arte” sitos junto al hipódromo de Madrid (hoy Nuevos Ministerios).

La misma imagen que en aquella tarde del 23 de julio de 1936 fue rescatada por un grupo de argandeños del Frente Popular que al llegar a la puerta de la ermita, abren y todos callan. ¿Qué pasa? El respeto les hace enmudecer y se dicen “hay que salvarla”. Allí mismo acuerdan llevar la imagen al Castillo para librarla de la segura destrucción. La transportan entre cuatro y emprenden, por el Torrontero, la subida para asilarla. Suben en silencio y con gran respeto, al fin, queda depositada en el castillo-Asilo.

Matilde Gallego, fue la caritativa mujer que se hizo cargo de la imagen de la Soledad durante su estancia en el Castillo-Asilo. Esta noble mujer expuso mil veces su vida, burlando la vigilancia, abriendo la puerta de la Capilla a los devotos, de ambos bandos, que la iban a rezar, buscando casa por casa, en la noche, el aceite para alumbrar a la Virgen. Durante todo ese tiempo siguió siendo Madre de todos los argandeños.

Finalizada la contienda el 28 de marzo de 1939, el vecindario en masa lleno de fe y entusiasmo subió al Castillo. Y la juventud, cogiendo en sus brazos a la “Perla de Arganda”, con el debido respeto y el corazón lleno de júbilo, la bajaron a la Plaza de la Constitución y a primeros de septiembre de 1939 una ferviente procesión re-instalaba la imagen de la Patrona en su templo reconstruido. Ni carroza, ni andas, sobre una modesta camioneta prestada, engalanada de flores y luces, iba la Reina del pueblo argandeño.

Esta es la misma imagen que el pueblo de Arganda venera en nuestros días, 200 años después, y que el 27 de junio de 2010 durante la celebración del segundo centenario, será terrenalmente Coronada.

 

Reseña extraída del libro “Arganda del Rey, apuntes para su historia” de D. Manuel Rodríguez-Martín y Chacón